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¿Qué opina Kasparov de Fischer?

Miércoles, 11 de Marzo de 2009

libro-fisher

por Manuel López Michelone
(morsa)

Acabo de adquirir el libro “Bobby Fischer, his approach to chess”, de Elie Agur (ed. Cadogan), cuyo autor -según he leído- es un jugador de unos 2250 puntos elo. Su trabajo parece más bien una tesis que un libro de ajedrez. A diferencia de otros libros sobre algún jugador connotado, Agur se dedica a literalmente “disectar” el estilo de Fischer, empezando por la estructura de peones que le gustaba usar, dónde colocaba las piezas, las consideraciones materiales, los planes estratégico, el arte de la liquidación, el mantenimiento de la tensión posicional, entre otros temas.

La investigación de Agur me parece muy novedosa y además, me da la impresión que es un buen modelo a seguir cuando se estudia a un jugador. Considerando que le llevó tres años, este es un trabajo excepcional en donde el autor verdaderamente se aplicó a intentar comprender el enfoque al ajedrez.

El prólogo del libro está escrito por Garry Kasparov. Los transcribo (traducido por mí, así que se aplica eso de ¡Traductor traidor!), para que se den cuenta de lo que dice uno de los mejores jugadores del planeta sobre Fischer. Me parece que Garry se ha visto justo y humilde ante lo que Fischer logró. Pero entremos en materia:

Prólogo

Todavía recuerdo los días del campeonato mundial entre Spassky y Fischer en 1972. Yo era un niño de nueve años haciendo mis primeros pasos en la carrera ajedrecística, en la pacífica Bakú. Yo sabía, por supuesto, que Spassky, el campeón del mundo reinante era un muy fuerte jugador, pero yo tenía la idea de que Fischer, mi ídolo de ajedrez de ese entonces, era un jugador de otro calibre, alguien que estaba en otra clase, en su propia clase.

La escena del ajedrez ha cambiado mucho desde entonces y yo, he hecho algunos progresos en estos veinte años… Cuando comparo mi propia carrera con la de Fischer, debo admitir que yo gocé de cierta ventaja sobre él. El no tenía nadie a su lado como para alcanzar las alturas a las que llegó, en donde yo tuve el privilegio de tener un jugador de primera clase como Karpov, que me forzó a esforzarme más a mí mismo y avanzar todavía más arriba.

Si uno puede juzgar la fuerza de los jugadores comparándolos con sus contemporáneos, pareciera que los logros de Fischer son imposibles de sobrepasar. El espacio entre él y sus más cercanos rivales fue el más amplio que ha habido entre el campeón del mundo y los jugadores de más alto rating en su tiempo. Él estaba unos 10 a 15 años por encima de su tiempo, en preparación y entendimiento. Esto puede atribuirse en parte a su dedicación al juego, que fue jamás igualada por otros jugadores antes o en el tiempo de Fischer.

Yo le recuerdo como una combinación mitológica, un centauro si usted quiere, una síntesis entre hombre y ajedrez.

Y no es una partida en particular la cual me impresionó, aunque él jugó grandes partidas. Es su actitud profesional al juego, sus cualidades como luchador que me llamaban tanto la atención. Fischer fue el primer jugador profesional realmente y yo me considero su seguidor.

Estudiar los juegos de Fischer es importante, pienso, para cualquier jugador de cualquier fuerza ajedrecística. Pero sobre todas las cosas, esto le dará una idea de cómo enfocarse al juego, o ponerlo de otra manera, esto deberá cambiar su actitud al juego de manera que le permita mejor su propio nivel.

Garry Kasparov (1992)

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Bobby Fischer: jugador fuera de serie

Martes, 10 de Marzo de 2009

por Manuel López Michelone
(morsa)
Artículo publicado en la web de la revista Proceso

match_del_siglo

El match de 1972.Izquierda: seconds de Spassky,
Geller,Nei, Krogius. Derecha: Second de Fisher,
Lombardy; Vocero de Fisher, Fred Cramer.
(Ilustración tomada de la “Golombek’s Encyclopedia of Chess”)

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Hace un par de días terminé de leer la biografía de Robert James Fischer, campeón del mundo de ajedrez entre el año 1972 al año 1975, y que perdió su título al no enfrentarse a Anatoly Karpov, naciente jugador del régimen soviético de aquella época el cual, sin lugar a dudas, era la gran promesa del ajedrez ruso. Fischer había en menos de 20 años acabado con la supremacía soviética al derrotar a Boris Spassky en Islandia, en el match por el campeonato mundial, por un resultado de 12.5 puntos contra 8.5. El ruso tuvo que aceptar que Bobby era realmente superior en todo dentro del ajedrez e incluso, a pesar de llevar una ventaja inicial de dos puntos (Spassky ganó la primera partida en el tablero y la segunda partida también, esta última por incomparecencia, pues Fischer exigió que retirarán las cámaras de video de la sala de juego y al no concederle eso, simplemente no se presentó).

Pero fuera de la especialísima manera de ser de Bobby Fischer, sin duda el norteamericano era un jugador fuera de serie. En la biografía de Brady, “Bobby Fischer, profile of a Prodigy” (Ed. Dover), el autor de la misma da cuenta de los esfuerzos que hizo el gran jugador norteamericano para convertirse en campeón mundial, así como la cantidad de piedras en el camino que tuvo que sortear, como cuando en los torneos de candidatos los rusos, que siempre eran mayoría, se dejaban ganar para así asegurarse que un ruso fuese el retador a campeón del mundo. Fue Fischer que con sus protestas logró que se cambiara el sistema de torneo de todos contra todos a matches individuales. Sus críticas a la Federación Internacional de Ajedrez lo llevó al extremo de decir que no jugaría en ningún torneo oficial hasta que la FIDE cambiara la manera de hacer las cosas… y lo cumplió. Fischer dejó de jugar casi dos años debido a esto, dentro del circuito internacional.

En la medida que el genio norteamericano iba subiendo su nivel (ya a los 15 años era gran maestro y probablemente uno de los cinco mejores del mundo), empezaron sus peticiones a los organizadores de los torneos. Nada parecía gustarle. La luz era muy brillante o muy escasa. Las piezas brillaban mucho en el tablero. Siendo adventista se le debía respetar el sabbath, así que Fischer no jugaba desde el sábado en la tarde al domingo a esa misma hora. Si lo anterior parecía poco en realidad lo era, pues con los años empezó además a pedir una retribución económica por el hecho de participar en algún evento ajedrecístico. Su cuota iba de 2000 a 5000 dólares por torneo. Muchos organizadores simplemente decían que no podían pagarle eso y Fischer entonces no acudía a ese particular evento.

Peticiones más o menos, Bobby Fischer, sin embargo, era un jugador extraordinario. Su nivel competitivo era tal que estaba dispuesto a jugar hasta el último peón. No otorgaba tablas fáciles y su alto desempeño lo hacían además más peligroso aún. El ahora gran maestro Soltis decía que jugar contra Bobby significaba algo como “sé que tengo una buena posición, pero seguro voy a perder con Bobby, no importando qué haga”. Ese sentimiento era compartido por sus colegas grandes maestros de la época. Bobby era un monstruo frente al tablero y siempre jugaba a ganar.

Para darse una idea de su nivel en 1970 en adelante, Fischer ganó las seis últimas partidas del interzonal, que lo clasificó al torneo de candidatos. Posteriormente derrotó a el GM Mark Taimanov, a todo esto pianista profesional, en su match individual por 6-0. Le siguió el GM de Dinamarca, Bent Larsen, que también perdió 6-0, asunto que nadie podía creer. El mejor jugador de occidente –aparte de Fischer– era Larsen y no pudo quedarse ni con medio punto en 6 partidas. Después venció a Petrosian, ganando la primera partida y perdiendo la segunda. Así, Fischer acumuló en el más alto nivel 19 partidas sin conceder siquiera un empate. Quizás eso no se vuelva a ver nunca más. Al final, como ya dijimos, venció a Spasky 12.5 a 8.5 y así lograr su sueño de ser campeón del mundo. En mi opinión Fischer es el mejor jugador de la historia. Él solía decir que para jugar al ajedrez se necesita concentración y amor total al juego. Bobby nunca nos decepcionó al respecto.

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Los misterios de la mente

Viernes, 27 de Febrero de 2009

por
Manuel López Michelone
(morsa)

En 1976, cuando balbuceaba en este fantástico mundo que es el ajedrez, jugué una partida (yo con blancas), contra un juvenil tan entusiasta como yo. Su nombre era Jesús Angel García, al cual no he visto desde hace años en los torneos. Asumo que se dedicó a otras actividades menos interesantes pero más lucrativas. La partida fue así:

Lo simpático del asunto es que 20 años después, un día despierto y mi mente está en esta partida (precisamente en la jugada 16Td1+). Y de pronto, tengo un análisis que me indica que 16…Ad7 fue la jugada equivocada del negro. Si en lugar de eso hubiese jugado 16. …Cd7 la línea con 17.De4 hubiese sido imposible, pues b6 estaría defendido. Fritz, desde luego, encuentra otras maneras de ganar para el blanco, pero algo es claro: en mi cabeza quedó sin resolver esa variante 20 años atrás y en uno de esos misterios del cerebro, éste había finalmente encontrado tiempo para meditar sobre esta posición.
Entonces se me ocurrió si a alguien más le habría pasado una experiencia similar. Aparentemente esto es más común de lo que pensamos. Por ejemplo, se sabe que Efim Géller fue un analista incansable. Para él, en sus propias palabras, el ajedrez era el antídoto a todas las desgracias de la vida: No parece sorprendente que cuando dormía susurrara jugadas de ajedrez, como confirmó su viuda. Caso similar le acontece al excampeón del mundo Vassily Smyslov. Dice que por muchos años jamás soñó en nada que tuviese que ver con el ajedrez, pero que en los últimos tiempos, empezó a soñar en intrincadas posiciones. Dice que también han ocurrido sueños con ajedrecistas. Así, Smyslov ha “hablado” varias veces con Levenfish y en una ocasión soñó con el mismísimo Emmanuel Lasker, con quien “jugó” un juego extremadamente cerrado y en el Smyslov no ha podido recordar el resultado final. Y el gran Boris Spassky menciona: “tengo dos sueños muy vivos en mi memoria: en uno, yo jugaba contra Averbach y no noté que movió su torre de a1 a c1. Era una torre gigantesca en mi sueño. En el otro, platicaba con Alekhine toda la noche y me causó tan profunda impresión esa plática que ahora me avergüenza no haberla escrito a la mañana siguiente. Hoy no recuerdo de qué hablé con Alekhine”.
Un episodio muy conocido es el que le ocurrió a Semion Furman, el cual soñó una bella combinación que no pudo encontrar en el tablero frente a Kholmov, en el campeonato soviético de 1963.

Aquí el GM Furman dice: “Toda la noche me persiguió el sentimiento de un trabajo inacabado, el cual se terminó en la mañana siguiente. En mi sueño encontré cómo daba mate a Kholmov”.
Vladimir Bagirov, uno de los grandes expertos en la defensa Alekhine dijo sonriendo que una vez soñó que Alekhine le decía que se embarcara en el estudio de esa defensa. Le dio su bendición y desapareció. Dorfman comenta que en el match Fischer-Larsen, de 1970, soñó con una refutación hermosa, a una jugada del gran maestro norteamericano. Cuando despertó, encontró que la posición que soñó no era la que se había jugado, pero de nuevo, en estos misteriosos sueños la mente nos depara siempre sorpresas.
El asunto parece más común de lo esperado. Muchos jugadores aparentemente han soñado no solamente jugadas, sino que además, han platicado con jugadores del pasado. Hay testimonios de Hans Ree, Sosonko y Timman inclusive. El asunto, creo yo, merece más observación. Quizás ahí haya una vertiente no explorada.

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El ajedrez como una profesión

Jueves, 26 de Febrero de 2009

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Nuestro amigo morsa nos hace llegar su primera colaboración a este blog . Se trata de un artículo que publicó en la versión web de la revista mexicana Proceso. ¡Mil gracias Manuel! esperamos que sea el inicio de una cascada de futuras colaboraciones…

El ajedrez como una profesión
(Publicado el 18 de febrero del 2009 en la página de Proceso)

Hoy día el mundo del ajedrez puede dividirse en cuatro grandes secciones:

  1. Los grandes maestros de elite (incluyendo, desde luego, al campeón del mundo);
  2. Los jugadores titulados, profesionales del ajedrez, que intentan hacer de esta actividad su modo de vida;
  3. Los jugadores que toman en serio el juego ciencia, compiten en cuanto torneo pueden pero además, tienen otra profesión.
  4. Finalmente, los aficionados que disfrutan jugar, en ocasiones ir a torneos y progresar en el juego, pero que no lo ven más allá de un pasatiempo.

Es claro que el ajedrez es una actividad terriblemente difícil y competitiva. Hay que recordar que como en todas las competencias individuales, los triunfos de uno son las derrotas de otros. Así, el juego ciencia, como el tenis, por ejemplo, es durísimo con quienes deciden vivir de esto. Pocos son los ganadores y muchos los que se quedan en el camino. Ahí está la diferencia entre el gran éxito y el fracaso, en todas sus manifestaciones.

El tenis es un símil en lo que se refiere a la competencia dentro del ajedrez. Al igual que en el deporte blanco hay unos cuantos privilegiados, en el juego ciencia son precisamente los que llamamos jugadores de elite.

Estos son los invitados a los grandes torneos con magníficas bolsas de premios, asunto que habría que agradecer a Fischer que siempre se empeñó en buscar premios más dignos para aquellos que dedicasen la vida al ajedrez.

Y gracias a él, sin duda, el juego empezó a ser más considerado con los amantes del mismo. Por ejemplo, cuando los rusos eran los jerarcas en el ajedrez, cuando solamente había campeones del mundo rusos, pues no había en occidente quién les hiciera mella, los campeonatos mundiales se jugaban en Moscú.

El match entre Spassky y Petrosian tuvo una bolsa de 2000 dólares en 1969. Para el año 1972, cuando Fischer desafió el poderío ruso (enfrentando al campeón Spassky), logró que la bolsa final fuese de aproximadamente un cuarto de millón de dólares, cifra francamente escandalosa para esos tiempos.

En el año 1992 Fischer jugaría un match de revancha con Spassky, en donde un banquero yugoslavo puso 5 millones de dólares para que se llevara a cabo ese encuentro, el cual ganó Fischer y con ello el 60% de esa millonaria bolsa.

Cabe sin embargo señalar que no todas las bolsas actualmente son de ese tamaño. El campeonato mundial en México, celebrado a fines del 2007, dio alrededor de 1.5 millones de dólares en total para los ocho participantes que se congregaron en la ciudad de México y en donde el de la India, Viswanathan Anand, ganó convincentemente el título.

Para aquellos que no se encuentren en este ajedrez de elite, el cual es muy duro y cualquier tropiezo puede alejar al jugador del gran dinero, están los grandes maestros profesionales que van de torneo en torneo intentando hacerse de una cantidad respetable de dinero, asunto que no necesariamente consiguen.

Por ejemplo, un connotado gran maestro jugó un torneo abierto hace unos años. Empató del 3 al décimo lugar y se llevó solamente unos 150 dólares de premio (el dinero se dividía entre aquellos que hubiesen empatado en puntos). El torneo fue lo suficientemente fuerte como para que dicho gran maestro lograra una norma, es decir, la puntuación necesaria para que se le otorgara de nuevo una parte del título de gran maestro (que por cierto, es un título que se da de por vida). Jugar tan bien, con tanta competencia de altísimo nivel y ¿todo por 150 dólares? Resulta injusto sin duda.

Lev Polugaevsky, el gran maestro ruso, una vez fue inquirido por un director de orquesta preguntándole: “y dígame gran maestro ¿tiene usted alguna profesión?”, a lo que Polugavesky respondió: “¿la tiene usted?”. El músico entonces se dio cuenta de su impertinencia y se disculpó.

El excampeón del mundo Mijail Botvinnik alguna vez declaró que en Rusia tenían cientos de grandes violinistas y el ajedrez puede ser tan valioso como el propio violín y por lo tanto merecía trabajar en el arte del ajedrez tanto como trabajan los violinistas, y más aún, deberían poder ganar lo suficiente para vivir al menos sin grandes sobresaltos.

Desafortunadamente el mundo no valora como los ajedrecistas su arte. Todos saben de las ventajas de jugar ajedrez, pero a pesar de todos los esfuerzos que se hacen para promoverlo y convertirlo en una actividad de masas, el juego ciencia sigue estando relegado a deportes y/o actividades culturales de pocos ingresos en general. El mundo, para variar, está de cabeza

Manuel López M.

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